Desde Rusia con amor
- 28 sept 2015
- 2 Min. de lectura
Este verano he tenido la ocasión de viajar a un país que llevaba mucho tiempo llamando mi atención; Rusia. Dado que mis vacaciones son en agosto, no he tenido la ocasión de ver las noches blancas de San Petersburgo, pero he podido conocer las dos principales ciudades del país más grande del mundo.
En primer lugar visité Moscú. La ciudad llama la atención por su arquitectura, muy alejada de lo que estamos acostumbrados a ver en Europa. El Kremlin y sus inmediaciones constituyen la zona medieval de la ciudad, bordeada por el rio Moscova.
La Catedral de San Basilio, que aporta un toque de color a la monocromática Plaza Roja, y las calles que la rodean, son ejemplos de la arquitectura de la época, coronados por el gran edificio blanco que es el Kremlin.


Pero Moscú guarda muchas más sorpresas. El metro es un gran palacio subterráneo, y no solo por la belleza de las diferentes estaciones, sino por la eficiencia del servicio que ofrece. Trenes que llegan en intervalos de uno o dos minutos, estaciones siempre patrulladas por policías, y una limpieza que asombra, ya no solo en el metro, sino en toda la ciudad. Construido por y para el pueblo ruso, es un claro ejemplo de que la arquitectura comunista también buscaba la belleza.

El distrito financiero es otro rincón de Moscú donde quedan reflejados los muchos contrastes que presenta esta ciudad, entre tradición y modernidad. Los altos edificios diseñados por algunos de los mejores arquitectos contrastan con los primeros rascacielos diseñados por Stalin para embellecer la ciudad.

Por supuesto, en un viaje como este no dejé de probar la comida típica del país. El filete strogonoff, los blinis, el vodka y el caviar son los platos más conocidos. Un buen lugar para degustarlos es el Café Pushkin, donde los platos compiten con la elegancia de un local que merece la pena visitar.
Los souvenirs que se pueden adquirir en Rusia son los clásicos. Desde las famosísimas matrioskas hasta los gorros de pelo para combatir el frío invierno ruso, pasando por el vodka o los recuerdos de la época comunista, hasta los huevos Fabergé, que imitan a los huevos diseñados para la familia imperial rusa por el joyero francés, que se pueden ver en varios museos.
La segunda parada del viaje fue San Petersburgo, ciudad llena de canales y bordeada por el río Neva, su salida natual al golfo de Finlandia.
Esta ciudad presenta una estructura mucho más europeizada, dado que se diseñó de esa manera por deseo de su fundador Pedro el Grande. San Petersburgo es una ciudad llena de palacios de tres plantas, cuyo máximo explendor se encuentra en el Palacio de Invierno, más conocido como el Hermitage, que actualmente guarda en sus cinco edificios una de las mayores colecciones de arte del mundo.

Otros palacios que pude visitar fueron el Palacio de Verano, también conocido como Palacio de Catalina, y el Palacio de Peterhof, tambíen llamado el Versalles ruso por sus inumerables fuentes y sus jardines a orillas del golfo de Finlandia, perfectos para pasear.



Sin duda, la zona con más actividad de la ciudad es la Avenida Nevski, que es parada obligatoria tanto de día como de noche. Los músicos callejeros, los pintores y los edificios emblemáticos como el Edificio Singer o la tienda Eliseev se mezclan con las calles y los canales, desde los cuales se pueden acceder a edificios tan importantes como la Iglesia del Salvador sobre la sangre derramada.

En general se dice que San Petersburgo es la ciudad que más suele gustar, por sus semejanzas con otras ciudades europeas, mientras que Moscú llama la atención por sus contrastes. Para mi ambas ciudades guardan rincones especiales por descubir. Viajar a Rusia es viajar al pasado, al país de la última monarquía totalitaria de Europa, al lugar donde nació el comunismo, donde pasean los personajes de Gerra y Paz, y donde el invierno no consigue parar su ritmo de vida.










































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