Escapada extremeña
- 6 feb 2017
- 2 Min. de lectura
Para empezar con buen pie el 2017, este mes de enero ya he hecho la primera escapada del año, a un destino que ya me era conocido; Extremadura.
El pasado viernes de improviso cogimos una habitación de hotel en Mérida, y el sábado nos pusimos en ruta hacia Cáceres. No hicimos parada en Trujillo puesto que ya lo conocía, y queríamos disfrutar con tranquilidad, sin las prisas de ir de turistas, deteniéndonos en lo que más nos gustase.
En Cáceres comimos en un restaurante en la Plaza Mayor que conocimos a través de Trip Advisor. La web de recomendaciones para viajes nos ayudó a elegir los restaurantes con acierto durante todo el viaje. En el Requeté disfrutamos de un menú del día por 12€ que ofrecía distintos platos, algunos locales, para poder apreciar la cocina cacereña. Raciones más que suficientes, y una gran relación calidad-precio, con varios detalles por parte del restaurante, y unos postres con una presentación inmejorable. Nos encantaron las migas y el plato de embutidos locales. Mención especial a la Torta del Casar, ¡exquisita!


Por la tarde dimos un paseo por la ciudad, y entramos al museo a ver el aljibe. La verdad es que había poca gente, y lo pudimos ver todo a nuestro ritmo y por suerte sin lluvia.


A continuación pusimos rumbo a Mérida, donde descansamos un rato antes de dar un paseo por la ciudad, y ver los primeros monumentos romanos iluminados, como el Templo de Diana. Paramos a tomar unas tapas y raciones en Entrecañas, y menos mal que fuimos pronto, porque cuando nos íbamos había fila para poder coger una mesa.

El verdadero paseo por la ciudad lo dimos el domingo, visitando el teatro y el anfiteatro romano, pudiendo tanto subir al escenario como bajar a la arena, y poder imaginar un poco mejor como era aquella época. También hicimos una parada en el museo arqueológico, donde nos sorprendió especialmente la cripta, con una calzada romana muy bien conservada, y parte de dos viviendas de la época. Dimos una vuelta para ver los monumentos de día, pasando por el Arco de Trajano, el puente Romano y terminando en el acueducto (aunque he de confesar que prefiero el de Segovia). En esta ocasión comimos en Fusiona Gastrobar, donde cada plato nos sorprendía más que el anterior.



Para terminar el viaje, y disfrutar un poco de carretera de montaña, fuimos hasta el Monasterio de Guadalupe, donde con la visita guiada pudimos conocer más detalles del mismo, y ver a la virgen. Pero sin duda, lo que más me gustó, como en todos los monasterios, fue el claustro, una maravilla con un templete precioso en el centro.

Como siempre, poco tiempo para todas las cosas que hay que ver… me quedo con ganas de visitar el Monasterio de Yuste, el Parque Nacional de Monfragüe, y muchos otros sitios… ¡así que ya tenemos excusa para volver!










































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