Edvard Munch. Arquetipos
- 2 nov 2015
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Hace unas semanas tuve la ocasión de visitar una de las exposiciones que más me apetecía ver esta nueva temporada, y como me ocurre con frecuencia, organizada por el Museo Thyssen Bornemisza. En los últimos años, la mayor parte de las exposiciones de arte a las que he acudido en Madrid han sido organizadas por este museo; impresionistas, postimpresionistas, paisajistas, fovistas,… son los géneros de las últimas exposiciones del Museo Thyssen a las que he acudido.
En esta ocasión, se trataba de una exposición sobre Munch, pintor noruego expresionista, cuya obra más famosa es, sin duda, “El Grito” (1893). En esta exposición no se podía disfrutar de esta obra en concreto, pero sí de otras muchas, cuyo hilo conductor son las emociones que reflejan sus obras (amor, deseo, celos, ansiedad,..).
Entre los óleos, para mi destacan obras como “La niña enferma” (1907), que refleja magistralmente el dolor por la pérdida de un hijo, o “Atardecer” (1888), como una obra más temprana cargada de melancolía. También la obra “Muchachas en el puente” (1899), con sus líneas ondulantes y la pureza de los colores, que nos muestra lo efímero de la juventud.
Pero lo que a mí personalmente más me ha gustado ha sido la selección de grabados expuestos. El grabado siempre ha sido una técnica que me ha llamado la atención, por las maravillas que pueden quedar plasmadas (solo hay que pensar en la serie de grabados “Los Caprichos de Goya” (1799) para entenderlo). “El Grito” (1895), “Los Solitarios” (1899), y “El Beso” (1902) son los tres grabados que más me han gustado.

El primero por ser, al igual que el óleo que lleva el mismo nombre, una magnífica representación del miedo. El rostro alargado, acompañado por las manos, la ondulación del cuerpo,… Munch consigue transmitir magníficamente un cúmulo de sensaciones.

“Los Solitarios” tiene un toque de color que le da viveza a la obra. La figura del hombre, retrasada a la de la mujer y despaldas al espectador, nos hace acompañarse en la visión de la mujer que, ajena a él, contempla el mar, quizás con melancolía. Dos figuras en el mismo lugar, pero alejadas la una de la otra, y no solo físicamente. La obra más tardía de mi selección personal,

“El Beso”, mantiene la estética de “el Grito”, con sus líneas onduladas acentuando la figura abrazada de los dos protagonistas de la obra. La importancia no está en sus rostros, que apenas están definidos, sino en el abrazo que los une, dejando patentes los sentimientos que los unen.
Pero esta no es la única exposición que quiero ir a ver. De las que por ahora han anunciado, Kandinsky. Una retrospectiva, en el Palacio de Cibeles, también tiene un hueco en mi agenda. Pese a no incluir ninguna de sus grandes obras (algunas de las cuales pude ver en el Museo Thyssen y en el MoMA de Nueva York), trae a Madrid las obras pertenecientes al Centre Pompidou de París, con lo que es una gran ocasión para poder verlas en la capital.










































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