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BCN

  • 22 feb 2016
  • 2 Min. de lectura

Hace un par de fines de semana se juntaron en mi familia varios eventos que bien merecían una celebración; el final de los exámenes de mi hermana, y el cumpleaños de mi padre. Y como si buscásemos una excusa, ese mismo viernes mi padre tenía que estar en Barcelona por motivos de trabajo. Así que, ni cortas ni perezosas, las tres mujeres de la familia nos presentamos allí para pasar un fin de semana los cuatro en la ciudad condal.


Es curioso que es una ciudad a la que he venido mucho en los últimos años, pero siempre por trabajo, por lo que me quedaba sin disfrutar de ella como se merece. Así que este fin de semana nos ha servido para volver a recorrer las zonas que más nos gustan, comer en los sitios a los que íbamos hace años, ir de compras, y encontrar alguna sorpresa nueva. Barcelona nunca cansa, y siempre tiene algo nuevo que ofrecer.


Me encantó poder pasear por el Barrio Gótico. No solo porque sea mi estilo arquitectónico favorito, sino porque tiene un encanto que no he encontrado en ningún barrio de Madrid (aunque he de admitir que no los frecuento todos). Por supuesto, en este paseo paramos en una granja para tomar el delicioso chocolate y un suizo, además de visitar la catedral, y pararnos en una o dos tiendas.


Después de comer un arroz en 7 Portes (con tarta de cumpleaños incluida), continuamos nuestro paseo por La Rambla, tan llena de turistas como siempre, y el Paseo de Gracia, el cual me gusta especialmente. No solo puedes encontrar de todo, sino que tiene unos edificios maravillosos. Por supuesto me refiero a La Casa Batlló, así como otros edificios modernistas menos conocidos pero igual de especiales. No llegamos a la altura de La Pedrera, dado que nos desviamos para cenar en La Bodegueta, y terminar tomándonos un café y una grappa de fragolina en Il Caffé di Francesco.


Tuvimos suerte y durante todo el día nos hizo buen tiempo, pero a la mañana siguiente amaneció nublado y con bastante viento. Aun así, fuimos a visitar La Sagrada Familia, algo que tenía pendiente desde hace años, ya que siempre la he ido a ver por fuera, y no me decepcionó en abosluto. Del exterior me gustó más la fachada más antigua. Tiene un trabajo magnífico, y me gustaron especialmente las puertas con detalles de hiedra, como si se tratasen de las puertas al Jardín del Edén. Del interior me quedo con las vidrieras, son fantásticas, y llenan de color todo el interior. El bosque de columnas tan alto resulta imponente y muy elegante, aunque el altar no me convenció. Pero en general disfruté mucho de la visita, y estoy deseando verla terminada.


Cuando despejó el día pudimos disfrutar de un paseo estupendo por el puerto, donde nos paramos a comer algo antes de coger el AVE de vuelta a Madrid (que siempre prefiero a volar). La verdad es que volver a casa después de un buen fin de semana de escapada en familia siempre me da pena, porque consigo desconectar del día a día del trabajo y disfrutar de mi familia.

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